martes, 22 de noviembre de 2011

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Hola dijo a su hijo, y éste a su vez saludó a su padre. Luego disimulando su pesar por haber heredado su apellido y lo que significaba para él, se acomodó en su silla y empezó a dormirse.
Fueron horas de un sueño reparador y necesario, para evadir las horas pesadas del trabajo y de conversación malhumorada con su esposa. Fue un seño tranquilo, al menos eso pensó antes de haberlo empezado, ahora viéndolo bien, no; esas pesadillas que saben robarse la tranquilidad y el reparo de cualquier reposo, han llegado hasta su sueño para quedarse toda la noche. Lo peor es que por medio de ellas recordó los gritos de su jefe, la cara poco sonriente de su esposa y el viento frío de la calle. Ahora prefiere derramarse un poco de whisky en su camisa mientras el resto baja por su garganta. Ha iniciado otra noche de alcohólico silencioso, de bebedor inconsciente y tendrá así más razones para arrepentirse, para salir a recibir gritos y malas miradas con gusto. Empezó –piensa él- el mayor de sus tormentos, una futura vejez, sólo, malhumorado y silencioso sin saber que decir, ni que decirse cuando pudiera mirarse de nuevo en el espejo, ya no sus cabellos negros, sus ojos claros y dicientes, ya no su nariz rala, su boca casi hermosa, casi sensual que le producía un poco de inmortalidad siempre que se miraba en ese espejo ensordecedor como el más lánguido de los gritos; no, ahora lo que se imaginaba era  una multitud de ataúdes abarcando su cuarto y uno de los cuáles lo llevaría a él mimo, ahí sin zapatos, sin ese pantalón gris, sin esa pulcra camisa a cuadros que lo llevaba a él por días enteros, hasta en noches, donde conciliaba o mejor, cuando el sueño lo obligaba a dormir sobre cualquier poltrona, sobre cualquier cosa más cómoda que la silla de su oficina, claro, a veces era en esa misma silla donde depositaba el fulgor con que trabajaba, el ánimo con que despotricaba de su jefe con alguno que otro subordinado que también sentía las mismas ganas de decirle no más a su trabajo, pero que, apartados un poco de esa realidad, recordaban sórdidos las malas remuneraciones de la vida libertina, esa poca generosidad que la el destino al vagabundo y encontraban así, razones menos que necesarias, pero suficientes, para saberse esclavos de un trabajo, no digno de merecerlos, pero justo para ellos. Un trabajo que los hacía detenerse, más a él, que desde hacía ya unos años atrás se sentía estancado en sus años de adulto, a sus cuarenta y tantos ya no deseaba tener más hijos, a veces hasta deseaba no ser padre y divertirse como lo hacen los chicos del hoy, lanzaba carcajadas cuando recordaba sus propios años jóvenes, las escapadas de su joven esposa, de la universidad esas muchas maneras de volarse de una clase. Ahora esa barba puntiaguda que lo acompañaba, que lo molestaba en todas las mañanas, le recordaba sus años, su realidad, sus límites; su estrechez de pensamientos.
Alguna otra vez, podrá recordar estos momentos, sus canas blanquecinas le servirán al menos para eso, y así en sus adentros aprendería a refutarse menos sus propias conclusiones.
Fue un día normal como todos, pero ahora él solo, como siempre, sentía lo devastador y devastadora que habían sido su destino, su valor y su vida. Ahora sentado bebiendo otra vez un trago amargo de ginebra, recordaba que, si hubiese pensado mejor no hubiese tenido un hijo, sino más, habría con el que tiene, recogido todos sus desengaños, sus triunfos y se los hubiese regalado. Acaso encontraría algo mejor que un vástago de su propia sangre para enseñarle, desearle un futuro mejor que el suyo, regalarle todo su coraje, hasta sus lágrimas que vertían ahora de unos ojos que parecían secos y aun así vertían una sustancia oleosa y transparente. Se arrepintió, y gozó al mismo tiempo, aun con esos años, con ese cuerpo y con esa vida, sabía que ese hijo aprendería, y recibiría todo lo que se le fuera dado. Y, después de una de esas noches normales, y usadas a diario por la oscuridad y por él; comprendió por su misma cuenta que la felicidad es posible, alcanzable, y que solo se asusta aquel que sabe que puede lograrla. Reprimió su orgullo, su antigua debilidad y ya al día siguiente, sería un padre, un hijo y un esposo…, aprendería a ser hombre.

Tomasso’ 25 di Settembre e 31 di Ottobre 2011