Leía
un libro escrito por uno de sus profesores, un colombiano más en el cual
tampoco depositaba toda su confianza, aun así, en esas pocas líneas que
llevaba, pudo encontrar unas cuantas frases que resumían todo eso que estuvo
rumiando durante varios meses, que al amor no se le puede encarcelar, que cada
uno tiene una individualidad constante y al mismo tiempo inconstante, pero
única siempre. Así comprendí que debía dejarte libre, un poco más libre de lo
que hasta ahora, porque te estuve persiguiendo, deseando que fueras mía, solo
mía, sin respetar tus libres ausencias, tus no razonables despedidas, ahora te
comprendo y te digo adiós unas cinco o veinte veces por día; a veces y lo hago
sin darme cuenta, estás más lejos que cerca y un número de veces mayor que el
que uno podría imaginarse.
También,
pero eso lo descubrí un tiempo después, supe que las distancias hay que
vivirlas pero que siempre hay que intentar reducirles un poco los kilómetros,
uno está por ahí tratando de alivianar cargas y deseando siempre estar agradable
a los demás, siempre tratando, incluso de ser otro, de no mostrar rencores, ni
asperezas a los otros, de sonreír aun siendo lo mínimo. Se está siempre tan
quieto, en este lugar. Pude alcanzarte desde acá, saberte más cerca, pero no
quise, era mejor persuadirme y decidirme a abandonarte a recibir a hondonadas
tus reproches y alimentar mi despedida desde ahí, desde tus rencores que
parecían eso, pero no lo eran, según tu, me querías así, me amabas hace mucho,
y yo, sabiéndolo aproveché para no quererte para irme atravesando los años en
mi pecho y con base a eso, alimentar un odio extraño hacia lo que vivimos,
hacia tus miradas cuando no me veías, hacia las voces de la gente cuando
hablaba de ti, hacia tus pasos cuando
estabas en tu cama, hacia tus sonrisas cuando te brillaba la luz en un rostro
oscuro y con poca alegría, alimenté mis ganas de ser libre, de buscar otra
perfección distinta a la tuya, es que es tan difícil moverte un poquito de ti
misma, acomodarte unas cuantas palabras o darte un libreto para que actúes como
él, o como ella. No te amo, pero te amo y tal vez por eso te odio, de la misma
manera que puedo odiarme a mí mismo por decirlo, y aun así lo digo.
Al principio te idolatraba y
fui descubriendo quien eres, y no es que seas mala o que tengas algo
reprochable, lo que sí, es que no quiero que vivamos estas cosas de nuevo, no
quiero mirarme de nuevo así, ni escuchar otra vez esto que digo, ni olvidar la
alegría de este modo, es solo eso, no es nada contra ti, es más, te quiero;
pero repetir días o noches como esta, no quiero y sé, se repetirán, no sabes
hablar, y yo así me limito a simular ser mudo, no sabes expresarte y mis
hábiles cualidades de marioneta se ven alimentadas ahí. Quietismo laico, ataraxia moderada, atenta desatención.
Glielo dico io!