Recaigo
en la conciencia de que soy idiota, de que cualquier cosa basta para alegrarme
de la cuadriculada vida, y entonces el recuerdo de lo que he amado y gozado esa
noche se enturbia y se vuelve cómplice, la obra de otros idiotas que han estado
pescando o bailando mal, con trajes y coreografías mediocres, y casi es un
consuelo pero un consuelo siniestro el que seamos tantos los idiotas que esa
noche se han dado cita en esa sala para bailar y pescar y aplaudir. Lo peor es
que a los dos días abro el diario y leo la crítica del espectáculo, y la
crítica coincide casi siempre y hasta con las mismas palabras con lo que tan
sensata e inteligentemente han visto y dicho mi mujer o mis amigos. Ahora estoy
seguro de que no ser idiota es una de las cosas más importantes para la vida de
un hombre, hasta que poco a poco me vaya olvidando, porque lo peor es que al
final me olvido, por ejemplo acabo de ver un pato que nadaba en uno de los
lagos del Bois de Boulogne, y era de una hermosura tan maravillosa que no pude
menos que ponerme en cuclillas junto al lago y quedarme no sé cuánto tiempo
mirando su hermosura, la alegría petulante de sus ojos, esa doble línea
delicada que corta su pecho en el agua del lago y que se va abriendo hasta
perderse en la distancia. Mi entusiasmo no nace solamente del pato, es algo que
el pato cuaja de golpe, porque a veces puede ser una hoja seca que se balancea
en el borde de un banco, o una grúa anaranjada, enormísima y delicada contra el
cielo azul de la tarde, o el olor de un vagón de tren cuando uno entra y se
tiene un billete para un viaje de tantas horas y todo va a ir sucediendo
prodigiosamente, el sándwich de jamón, los botones para encender o apagar la
luz (una blanca y otra violeta), la ventilación regulable, todo eso me parece
tan hermoso y casi tan imposible que tenerlo ahí a mi alcance me llena de una
especie de sauce interior, de una verde lluvia de delicia que no debería
terminar más. Pero muchos me han dicho que mi entusiasmo es una prueba de
inmadurez (quieren decir que soy idiota, pero eligen las palabras) y que no es
posible entusiasmarse así por una tela de araña que brilla al sol, puesto que
si uno incurre en semejantes excesos por una tela de araña llena de rocío, ¿qué
va a dejar para la noche en que den King Lear? A mí eso me sorprende un poco,
porque en realidad el entusiasmo no es una cosa que se gaste cuando uno es
realmente idiota, se gasta cuando uno es inteligente y tiene sentido de los
valores y de la historicidad de las cosas, y por eso aunque yo corra de un lado
a otro del Bois de Boulogne para ver mejor el pato, eso no me impedirá esa
misma noche dar enormes saltos de entusiasmo si me gusta como canta Fischer
Dieskau. Ahora que lo pienso la idiotez debe ser eso: poder entusiasmarse todo
el tiempo por cualquier cosa que a uno le guste, sin que un dibujito en una
pared tenga que verse menoscabado por el recuerdo de los frescos de Giotto en Padua.
La idiotez debe ser una especie de presencia y recomienzo constante: ahora me
gusta esta piedrita amarilla, ahora me gusta “L’année dernière à Marienbad”, ahora
me gustas tú, ratita, ahora me gusta esa increíble locomotora bufando en la
Gare de Lyon, ahora me gusta ese cartel arrancado y sucio. Ahora me gusta, me
gusta tanto, ahora soy yo, reincidentemente yo, el idiota perfecto en su
idiotez que no sabe que es idiota y goza
perdido en su goce, hasta que la primera frase inteligente lo devuelva a la
conciencia de su idiotez y lo haga buscar presuroso un cigarrillo con manos
torpes, mirando al suelo, comprendiendo y a veces aceptando porque también un
idiota tiene que vivir, claro que hasta otro pato u otro cartel, y así siempre.
Julio Cortázar