Así
lo viví yo. Desde que me desperté a las siete horas de hoy estaba pensando en
ese momento, en esa noche, en esos ojos. Todo estaba preparado. El vestido, las
medias, los zapatos, todo reposaba en mi cuarto, junto a la almohada, eran ese
tesoro recientemente adquirido, partes de lo prontamente acaecido. Ya después
del desayuno iniciaron las palpitaciones, las llamadas, las sonrisas
acuciadoras, los apretones de mano. Yo empecé estando tranquilo, me vestí como
todos los días, sabiendo que éste no era cómo todos. Estuve mejorando puntos de
noches atrás, acompañado de hermanos y otros familiares, iba de allí para allá,
mejorando los pormenores, sumando detalles. La aguja horaria de mi reloj
parecía girar más deprisa y vino el momento de vestirme de mejorar detalles,
ahora frente al espejo, de blanco, con ese pantalón ajustado y esa chaqueta que
tan bien, decían que me lucía. Pasaron horas, para mí, escasos minutos, y ahí
estaba.
Caminaba despacio, no quería repetir ningún segundo. Era único. Observé a los que estaban allí, amigos y familiares, y no pude disimular una sonrisa, una que permaneció toda la noche, bebía la felicidad a tragos largos. Después fueron las risas, las palabras, las miradas. Verla entrar así de blanco, tan sonriente, sentir acelerarse mi corazón y empezar ese camino, sin ella, pero esperándola, yo sabía que me seguiría, lo había hecho durante años. Y así fue, como si nunca la hubiera tenido entre mis manos, la sostuve, la llevé unos metros adelante, solos, para mí, para los dos. Era nuestro momento. Todos lo sabrían. Y le hablé, pude sentirle el pulso, ver sus ojos, a través de ese hermoso velo, y sólo quedaba esperar. Sentir ese deseo de besarla por primera vez, pues olvidé todos los besos, todas las miradas, estaba reconociéndola, era ese momento donde nuestras vidas se unían, dónde empezaba a llorar por ella, dónde sonreía por ese regalo grande que se me estaba entregando. Jamás podré repetir esa sensación. No la he necesitado tanto cómo hoy. No la he extrañado tanto cómo hoy, la saludan y la besan; se despiden, se va conmigo. Iremos a conocer un mundo para dos, todo es nuevo. Los colores ahora relucen, y la fantasía es nuestra fantasía, se reviste de verde, brilla, se mete en nuestros pensamientos, en nuestros corazones, difícil sacarla.
Caminaba despacio, no quería repetir ningún segundo. Era único. Observé a los que estaban allí, amigos y familiares, y no pude disimular una sonrisa, una que permaneció toda la noche, bebía la felicidad a tragos largos. Después fueron las risas, las palabras, las miradas. Verla entrar así de blanco, tan sonriente, sentir acelerarse mi corazón y empezar ese camino, sin ella, pero esperándola, yo sabía que me seguiría, lo había hecho durante años. Y así fue, como si nunca la hubiera tenido entre mis manos, la sostuve, la llevé unos metros adelante, solos, para mí, para los dos. Era nuestro momento. Todos lo sabrían. Y le hablé, pude sentirle el pulso, ver sus ojos, a través de ese hermoso velo, y sólo quedaba esperar. Sentir ese deseo de besarla por primera vez, pues olvidé todos los besos, todas las miradas, estaba reconociéndola, era ese momento donde nuestras vidas se unían, dónde empezaba a llorar por ella, dónde sonreía por ese regalo grande que se me estaba entregando. Jamás podré repetir esa sensación. No la he necesitado tanto cómo hoy. No la he extrañado tanto cómo hoy, la saludan y la besan; se despiden, se va conmigo. Iremos a conocer un mundo para dos, todo es nuevo. Los colores ahora relucen, y la fantasía es nuestra fantasía, se reviste de verde, brilla, se mete en nuestros pensamientos, en nuestros corazones, difícil sacarla.
Ya sé que todos estaban contentos, yo fui feliz. Y la llevé ahí junto a mí, era mía y yo era suyo. No lo olvido y constantemente se lo recuerdo.
Tomasso’
21 Aprile 2013
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