Tuvo ganas de llorar mientras abandonaba sus manos en el piano, pero fueron más fuertes las notas, el frío que entraba por algunas hendijas dejadas a conveniencia para obtener mejores sonidos, para no acalorarse demasiado cuando se hiciese tarde. La noche que se colaba entre el sonido y el ronroneo de ese movimiento poco brusco al tocar las teclas, al introducir la música del cerebro de cada uno de sus dedos a esa caja hecha de caoba, color marfil; o al revés dejando que por medio suyo entraran esas melodías a su cerebro. En esas cosas del sentir uno se equivoca, se podría decir que se siente la mesa rígida, el lápiz de madera meciéndose al vaivén de las letras que quieres dejar ahí, visibles y transparentes al tiempo; se puede decir así que la soledad no se siente, apenas y se le escucha en esas pocas palabras que el aburrido silencio deja traslucir una que otra noche, una que otra mañana cuando se despierta con las manos apagadas, frías y sin nada para remediarlo. Ahí, ellas con su frío, y lo demás esperándote o esperando que pases para empezar, para dejar de ser otra vez, eso que tú crees que eres.
Las libélulas que se posan solas en los atardeceres, lo hacen en aguas estancadas, en charcas olvidadas, pero lo hacen para dejar sus huevillos, su descendencia; esos, que volverán a despojarla de esa soledad a la que poco ha estado acostumbrada. En las tardes los niños corren tras ellas, las quieren pues son algo fantástico; los que dicen ser grandes las odian, las evaden, las buscan para quitarles la vida.
En esas cuestiones emplea los minutos necesarios para su descanso, ese momento antes de su retorno a la música, a sus pensamientos ahondados en filosofía. Acaso no es de grandes sabios preguntarse todo eso, de donde se vino, cuál es el fin de sus días, de su vida, de lo que dicen y transmiten esas notas. Tal vez, sea él, uno de esos locos pensadores, de esos genios que no valoran el mundo externo, pero saben identificarlo, saben hablar de él, de sus fines. Ahora, tomará el teléfono y llamará a la casa de Alejandra, chica de ojos grises, que de perfil parece arrepentida de estar mirando, de estar despierta; con cabellos largos…, hasta la mitad de la espalda, con su rostro opaco, pero con una transparencia única. Contesta la mucama y después de explicar el motivo de su llamada (inventado en ese momento, ni sabía porque lo hacía), al haber esperado cinco minutos largos tras el auricular, Alejandra contesta con un ¡hola! descortés y frío, como era de esperarse en días como éste en el que no ha pasado nada trágico, en los que aun se sigue en guerra, en donde salir hacia la calle 23 o a la carrera 14 da igual, también ahí habrá un disparo. Es tiempo de dictadura!. Allá estará ella, siempre tan falta de cortesía, tan falta de pena por mí que solo le muestro mi interés hacia sus miradas y hacia sus sonrisas. Quédate ahí, tal vez tu lugar nunca será mi lugar.
Tomasso’ 26 di Agosto 2011
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