domingo, 9 de octubre de 2011

Erase una vez un chico afortunado

Erase una vez un chico afortunado, pues había encontrado en una sola persona todo lo que había buscado. Encontró ese sosiego necesario para reiniciar cada día, encontró una segunda mano que lo recibiese al final de sus escaladas, en la cima de sus metas, encontró ese aire que a veces le faltaba al hallarse tan alto y disfrutó a su lado, tantas de las fantasías que jamás había inventado.
No dudó en añorar pasar todos sus días con ella, con dedicarle todos sus triunfos y que le ayudase a abandonar todas sus penas, todas sus flaquezas, que le reviviera todos los días ese frío corazón con el que dormía, que le entregase ese otro poco de temperatura necesaria para su pasiva subsistencia. Resistió sismos, cruzó montañas siempre, para estar a su lado, para darle su amor, su compañía, su ternura; disfrutaban como lo hacen dos jóvenes en plena adolescencia, con un miedo sospechado pero rebasado por un amor suscitado por sus besos, por su aliento, por esas sonrisas continuas, por tanto amor que sabían darse. Disfrutaban. Eso digo yo que los veo desde un futuro muy largo, diez años después, habituado a hablar de ellos y de lo que hacían o lo que no hacían, por qué no podrá creer querido lector que le hablo como si yo hubiera vivido esas ávidas fantasías, no, yo solo fui un espectador más de esa linda historia, que claro como dice mi madre, también tuvo su acucioso final, aunque tardó mucho en darse por hecho, o por enterado, ese chico duró largas semanas reprochándose que hacía mal, que le faltó para hacerse felíz, para introducir en esa caja de alegrías en la que fue convirtiéndose ella.

Les pregunto sobre qué cosas pueden justificar la ruptura de una relación, si es que a eso que vivían se le puede llamar así, que se sabía tan armoniosa, tan fuerte. Tal vez no previeron nada de lo que sucedió después como suele sucederle a todo ingenuo que no vé más allá de la aureola de su cabeza. Tanto, como para sus posibles locuras realizadas fuera de la relación, como para las múltiples sutilidades que ella puede estar realizando sin intención de enfadarlo; claro, sépase que sus sentimientos hacia él, eran sinceros, duraderos, únicos y que él sabía de su seguridad, de sus faltas y tardanzas; y por eso empezó a sospechar, pensaba que ella lo olvidaba de manera progresiva y que no se lo hacía saber. Empezaba a pensar que ya no era él a quien amaba, si es que ahora amaba a alguien, al menos sabía que esos besos, esos abrazos, esas miradas ya no tenían tanto amor. Sabía, porque en el principio era cariñosa, no faltaba a sus citas y se preocupaba por todo lo que le estuviese sucediendo.

Descubrió ella que ya no lo quería igual, que le estaba engañando con cada palabra que le decía, con cada beso y decidió encausar sus fuerzas al rompimiento, al final de sus sueños, de sus ideales.
Ya sé que no es fácil devolverse al principio y empezar, éste chico aprendió lo que debía aprender y después de tanto darle vueltas en su cabeza, decidió alejarse, hacer caso omiso, seguir sonriendo, seguir aplaudiendo por fantasías así, por los fantásticos sueños del ser humano. Ahora sonríe más, disfruta más. Espera que su corazón quiera más, otra vez, aun lo siente vacío y quiere llenarlo.

Puso todo su entusiasmo en conocerla y aprovechó cuando pasó por su casa, tiró dos piedritas a su ventana y así, con su corazón agitado y sus miedos agrandados, los aplacó al verla, al abrazarla sin hablarle, usando ese lenguaje del que se valen los mamíferos no hablantes…Pasó a ser un chico afortunado pues había encontrado en una sola persona todo lo que había buscado.

Tomasso’ 15 Settembre 2011

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