Sonreías, veía tus dientes blancos y seguía hablando,
hacer perdurar ese momento, misión del día. Un abrazo, una distancia, una
sonrisa dibujada en mis ojos. Un lápiz dibujando la habitación, las sillas, el
café y las miradas. Una hoja siendo lamparilla azul. Un tiempo que no existió y
un espacio que se pintó en sonidos.
Recuerdos. A donde van. Los invento. Los recreo. Los
aíslo. Los ignoro. Les hago señas para que vuelvan a mi memoria. Reaparecen
danzantes, nuevos colores los dibujan y alargan sus pequeños flagelos que se
mueven entre mis pensamientos y refluyen una que otra vez entre mis miradas,
entre mis reflejos; destellos de nostalgia futura.
Después fue en una cafetería, te veías así tan bien como
sabes. Los reflejos en tus ojos
mostraban un poco de impaciencia, luego aparecí yo y fui llenando ese espacio
en tus pupilas, quizá solo fue otro error de percepción, uno causado por el
ángulo de mi mirada. Ese día, esa noche manipulabas tus palabras de una forma
tal que. Yo pude no hablarte, pude mirarte nada más, pero contigo deben existir
las palabras, las justificaciones, no sabes hablar con los ojos o las sonrisas,
o mejor, si lo haces, pero temes las conversaciones largas.
No olvidaré los detalles, tampoco mis palabras, eras mi
tipo de mujer ideal, controlabas mis ideales, mis funciones autonómicas, mis
reflejos, mis sacudidas corporales y sabías cómo hacer cambiar un ambiente
descolorido por uno lleno de matices grises. Tienes la capacidad de hacerme
bien. Contigo yo sonreía.
Tomasso’ 5 Marzo 2013
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